| El eterno humano
chapotea entre fantasía y razón en las turbulentas aguas
de las pasiones, allí donde la seguridad en el otro es el mejor
blindaje frente a los celos. El problema comienza cuando un excesivo sentido
de la seguridad le incita a la posesión del otro. Es el comienzo
del fin.
Toda relación hunde sus raíces
en el tumultuoso mundo de las pasiones y nos lanza a una aventura emocional
de cuyo desarrollo no siempre somos dueños. Los celos serían
uno de esos mil rostros que adopta el amor sin nuestro consentimiento.
Cupido agudiza el sentido de la posesión y nos dejamos invadir por
un sentimiento de codicia hacia el ser querido en la creencia de que nos
pertenece en cuerpo y alma. En las empresas del corazón no queremos
a nadie por socio, y gozar del otro en régimen de exclusividad se
convierte en el privilegio pactado de un egoísmo consentido.
Frente a los caprichos de la Fortuna,
el miedo a perder al amado en brazos de un tercero se cuela por las fisuras
de nuestra autoestima y se proyecta sobre el pasado, el presente y el futuro.
Alimentar este temor lleva a contemplar al resto de los mortales como posibles
rivales y a entrar en una espiral de competencia. Al calor de lo que se
vive como una traición u ofensa larvada acuden en cortejo la inquietud,
la sospecha y la desconfianza.
Dentro de un orden, los celos forman
parte de un juego de halagos mutuos; nos enorgullece despertar ese sentimiento
en el ser querido, a quien devolvemos el cumplido con las mismas; pero
resulta peligroso emplearlos como estrategia para estimular el interés
del otro. Con eso de que la confianza mitiga el deseo y el temor aviva
sus llamas, en ocasiones exploramos nuestra capacidad de conquista para
que la alarma se dispare. ¡Ojo, esta táctica puede volverse
en contra y desencadenar consecuencias no deseadas!.
Los celos fundados o infundados acechan
a cualquiera, pero no todo el mundo sabe dosificar su efervescencia. Un
temperamento apasionado no concibe el amor sin ellos y sucumbe a su embrujo
de una forma visceral, mientras que los de talante frío invocan
a la razón para no caer en lo que consideran una bajeza. La seguridad
que nos inspira la relación que tenemos entre manos también
influye a la hora de alentarlos o desecharlos.
Como pájaro de mal agüero,
la suspicacia anida en el corazón celoso; con sus radares siempre
alerta capta el mínimo detalle y su mente calenturienta pone el
resto. En su afán por dar crédito a todo lo peor, adopta
el papel de policía y mantiene a su pareja bajo sospecha permanente.
La vehemencia de esta pasión conduce a los celos patológicos,
una enfermedad obsesiva que destruye todo entendimiento amoroso. Recuerde
que aunque en pequeñas dosis pueden ser afrodisíacos, abusar
de ellos resulta letal para el amor. |