La llegada de la primavera invita a calzarse las
zapatillas y practicar alguna actividad física al aire libre.
Antes de poner manos a la obra hay que revisar la preparación
personal y la dieta. Cada deportista necesita un aporte de
nutrientes diferente, en función de sus condiciones y del esfuerzo
muscular exigido, tanto en dureza como en tiempo.
Cualquier actividad física intensa, el
deporte incluido, implica un aumento en las demandas energéticas
del organismo con el fin de cubrir el gasto calórico que esa
práctica supone. Un gran número de factores influyen en dicho
gasto: la edad, el sexo, el volumen corporal, el tipo de
ejercicio, la vestimenta con la que se realiza, su frecuencia, la
intensidad del esfuerzo, la temperatura ambiente... La suma de
todos ellos determinará el aporte calórico y nutricional más
adecuado para cada deportista en cada momento.
Papel de los nutrientes
La actividad muscular es posible gracias al
aporte de energía. En un primer momento, ésta se obtiene a
expensas de los hidratos de carbono almacenados. Cuando el
ejercicio prosigue, se utilizan las grasas y, si fuese necesario,
una vez consumidas éstas, el músculo recurriría excepcionalmente a
las proteínas. Veamos el proceso con más detalle.
Los hidratos de carbono constituyen los nutrientes
preferentes en la obtención de energía. Son los primeros que se
metabolizan y si no se «gastan todos», se almacenan
fundamentalmente en el músculo y en el hígado (en forma de
glucógeno). El resto pasa al tejido adiposo como reserva grasa.
Cuando en la dieta se ingieren pocos hidratos de carbono, el
músculo utiliza lípidos de ese tejido adiposo en la producción de
energía, pero disminuirá su capacidad para mantener el esfuerzo a
largo plazo. Por el contrario, si la dieta proporciona una buena
cantidad de carbohidratos (alrededor de 325 gramos diarios), podrá
prolongarse dicho esfuerzo.
Las
grasas aportan ácidos grasos esenciales y, además, favorecen la
absorción de vitaminas liposolubles, como la A, la D, la E y la K.
Representan una buena fuente de energía y, para conseguir la
combustión de los depósitos lipídicos, se recomiendan ejercicios
de intensidad muscular media y de larga duración, como el
senderismo, el «footing» o el aerobic (la intensidad de estos
últimos resulta, no obstante, muy variable).
Las proteínas aportan fundamentalmente masa
muscular. Si su consumo es muy alto, aparece una sobrecarga
metabólica, hepática y renal que puede resultar perjudicial para
el organismo. Los aminoácidos excedentes de la síntesis de
proteína muscular se transforman en hidratos y grasas,
almacenándose como depósito graso.
Agua y electrolitos
Cuando hacemos deporte, cualquiera que sea
su intensidad, el cuerpo ha de estar en óptimas condiciones de
hidratación. De esta forma, se mantienen los niveles sanguíneos
normales y se permite la liberación del calor producido durante el
ejercicio, con la adecuada refrigeración del organismo mediante la
producción de sudor. Este fluido supone una pérdida de agua, pero
también de sales como sodio, potasio, magnesio y cloro, que hay
que reponer según ciertos criterios:
Se debe tomar alrededor de 1/2 litro de
agua media hora antes de iniciar el ejercicio.
Durante éste se beberá agua o soluciones
isotónicas de forma periódica, en función del grado de sudoración
del individuo y del ambiente en el que se encuentre.
Una hora antes de empezar la actividad no
se ingerirán alimentos ni comidas azucaradas.
Cuando el deporte o la competición es de
larga duración, puede ser necesario un aporte calórico que
mantenga los niveles de glucosa en sangre. En estos casos, ese
aporte, en general de carbohidratos, se suele hacer en forma
líquida o semilíquida y repartido en varias tomas.
Anemia del deportista
Existen distintos tipos de anemias. En este
caso nos vamos a referir a la que frecuentemente padece el
deportista, denominada «anemia ferropénica», que supone una
carencia de hierro. Y es que en las situaciones en las que se
practica ejercicio físico intenso, las demandas de este mineral
son más altas.
Cuando los controles
médicos sobre el estado de salud de los deportistas se
intensificaron, se observó que muchas de las denominadas «bajadas
de forma» coincidían con un descenso en el número de glóbulos
rojos en sangre, especialmente en la práctica de actividades de
fondo, de resistencia u otras en las que los entrenamientos
implicaban una gran carga muscular.
Se han descrito distintas causas que motivan la
anemia del deportista:
1 Insuficiente aporte de hierro en
la dieta, como ocurre en los regímenes vegetarianos o debido a la
supresión de proteínas de origen animal.
2 Disminución en la absorción intestinal de
este componente. Cuando se realizan trabajos musculares intensos,
aumentan los movimientos peristálticos del intestino, hay una
aceleración del vaciado y, por lo tanto, una disminución del
tiempo de absorción del hierro.
3 Reducción de la capacidad de utilización de
este mineral, posiblemente por una elevación de la temperatura
corporal debido al trabajo muscular.
4 Pérdidas extras de la sustancia en cuestión
por sudoración, a través de la orina, por el aparato
gastrointestinal o por menstruaciones abundantes.
Condiciones
Además de ser equilibrada (ver cuadro), la
dieta del deportista debe contener el mayor número posible de
componentes distintos (diversificada) e incluir diariamente
alimentos de cada uno de los cuatro grupos básicos: lácteos,
huevos, carnes y pescados; frutas y vegetales; cereales,
tubérculos y legumbres, y productos grasos. Las cantidades serán
variables y adaptadas a cada individuo, considerando que el aporte
debe resultar suficiente para reponer las calorías y nutrientes
gastados.
También es muy importante
que los ingredientes de dicha dieta sean naturales, con poca
manipulación industrial (conviene evitar este tipo de
preparaciones). Otro aspecto que se debe considerar es la
digestibilidad de los alimentos: es preferible que sean de fácil
digestión para que el trabajo extra que supone este proceso no
aumente.
Suplementos
En los antiguos Juegos Olímpicos griegos
los participantes reforzaban su dieta con determinados componentes
para aumentar la fuerza muscular. Todavía hoy mejorar el
rendimiento es uno de los fines de los deportistas. Con este
objetivo emplean determinados suplementos dietéticos. En la
mayoría de los casos su administración es bastante controvertida
en relación a su necesidad y eficacia (no vamos a considerar los
suplementos farmacológicos ni las drogas):
Aceite de germen de trigo: especialmente
rico en vitamina E, se asocia a la capacidad de aumentar el
rendimiento físico, manteniendo el tono muscular.
Aminoácidos: se comercializan en muchos
preparados y en distintas asociaciones. Por ser componentes de
proteínas, en general se toman para incrementar masa muscular. Los
más comunes son la arginina, ornitina, lisina y glicina. Se
ingieren como precursores de sustancias estimulantes y
antidepresivos con el fin de paliar la fatiga del
ejercicio.
Bicarbonato: durante la actividad, el
músculo en condiciones bajas de oxígeno origina, como producto de
su metabolismo, cristales de ácido láctico. Son las agujetas, que
se neutralizan con dosis adecuadas de bicarbonato.
Creatina: es un compuesto nitrogenado,
presente en la sangre, que en condiciones fisiológicas actúa como
molécula almacenadora de energía, en forma de fosfato de creatina,
capaz de aumentar la potencia muscular.
Factores lipotrópicos: desempeñan el papel
de aceleradores metabólicos de las grasas. Se utilizan
fundamentalmente para disminuir sus depósitos en el
organismo.
Ginseng: se considera una sustancia
normalizadora de la sobrecarga muscular, protectora de la fatiga y
estimulante de los sistemas anti-estrés. Existen distintos tipos,
pero en general todos favorecen la liberación de hormonas de las
glándulas suprarrenales, que actúan como reguladores del sistema
nervioso central y de los procesos
metabólicos.